Julián Andrade
Dos gobiernos se murieron en Haití: el local, encabezado por René Préval, y el internacional, integrado por los diplomáticos y expertos que laboraban en la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití.
Más allá de la ayuda internacional, será difícil suplir la experiencia y el conocimiento que tenían de la región varios funcionarios de la ONU que están muertos o desaparecidos.
Por dar un ejemplo, Gerardo Le Chevalier, un conocedor de la negociación en las crisis y de los sistemas electorales, tenía bajo su responsabilidad la supervisón y la ayuda para las próximas elecciones. Le Chevalier, quien es salvadoreño, tiene un hijo mexicano. Por desgracia nada se sabe de él después del terremoto.
Haití es un lugar de una complejidad enorme, en el que la violencia siempre está presente.
Haití es, en estos momentos, un ejemplo de lo que puede ocurrir en lugares donde ya no hay Estado y en los que se tuvo la experiencia de gobiernos más bien frágiles.
Pero Haití es también una oportunidad.
Dos cosas van a suceder. Haití combinará la peor tragedia de su historia con la llegada de recursos más elevada en décadas, inclusive en siglos.
Muchos países han logrado sobreponerse a las catástrofes naturales, aprovechando el impulso de la reconstrucción, la que genera trabajo e inversión.
El reto será transformar esta explosión de recursos en la consolidación de políticas públicas duraderas, que hasta antes del terremoto eran casi nulas y ahora no existen.
De otra forma será como mantener a un moribundo aún sabiendo que la recuperación es imposible. Es el peligro de la inversión ligada a los gobiernos, pero sin duda es un riesgo que se tendrá que correr.
Dentro del drama hay pequeñas luces de esperanza. Haití, después de la India, es el país con mayor presencia de organizaciones no gubernamentales con presencia internacional, lo que puede servir, sin duda, para tratar de reconstruir el tejido social y el realizar, a la par, la supervisión de la utilización de recursos en un lugar sin ley.
Por ejemplo, se tenían datos de que tarde o temprano ocurriría un temblor de gran magnitud, y ni aún así se aprobó un reglamento de construcción.
La experiencia sobre casos de corrupción después de tragedias es vasta a nivel internacional.
Bill Clinton recordaba, hace unos días, un dicho haitiano: “Òmen anapil chay pa lou”, la traducción del creole (la lengua oficial con el francés en la isla) es la siguiente: “muchas manos aligeran la carga”.
Sin duda ahí estará una de las claves para que el país más pobre de América supere un reto que a fin de cuentas es de todos.
jueves 28 de enero de 2010
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